PARA TODA LA VIDA

En más de una ocasión, he pensado dos veces antes de contar a mi madre algo que me preocupe para ahorrarle, a su vez, la misma preocupación, ya tenga que ver conmigo o con mis hijos.

A pesar de ello, no puedo evitar que ella, como primera confidente, recoja mis lamentos y desánimos, volviendo a ponerme en sus manos como la niña que fui.

“¡Ay, mamá no quiero preocuparte!” Es la excusa cierta esgrimida cuando descubre que la he ocultado alguna información. “Y no te preocupes tanto, que ya no soy una cría”.

Entonces me mira con gesto reprobador y aprieta los labios antes de contestarme: “Da igual que tengas 3, 13 o 30 años. ¡Cómo no voy a preocuparme!, esto ya es para toda la vida”.

Amor incondicional. Eso es.  Hacemos nuestro el dolor y las penas de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. Quisiéramos estar enfermos en su lugar, entristecernos, llorar y sufrir por ellos. No es posible, y tienen que pasarlo, igual que nosotros,  por sí mismos. Y por eso nos duele más. Sólo podemos estar ahí, a su lado. Para nosotros puede que no sea bastante, que nos parezca poco, pero ellos lo agradecerán y lo recordarán toda la vida. ¿No?