UN ADIOS INOPINADO. Ernesto Tubía Landeras.

La luz de la luna alumbraba en cuarto menguante el rostro de doña Inés, a través del ventanuco de la celdilla. La lágrima que se había negado a derramar, por más que su corazón y su alma se empeñasen en hacerlo, se asomaba al balcón de su mirada, como una chismosa tras el visillo.

—Entonces, ¿es un adiós? —musitó, en una pregunta a la que le sobraban las interrogantes.

Don Juan contempló el rostro de la que durante muchos años había sido su amada, y después desvió la mirada hacia la adusta pared de piedra de la celda del convento, donde en tantas ocasiones, ojos ávidos de arte y literatura, habían leído la declaración de don Juan Tenorio a doña Inés de Ulloa.

La piedra, consciente de que en aquella ocasión no era testigo mudo de uno de los más bellos romances de la literatura castellana, supuraba lágrimas brillantes, que restallaban a merced de la luz macilenta de las velas. Doña Inés había tanteado la pernera del pantalón del apuesto Tenorio, pero él, como si sus pulpejos abrasaran como la caldera de Luzbel, había retirado sus manos en el momento en que habían sido alcanzadas por los anhelantes dedos de la novicia. Sí, era una despedida. Una que nadie esperaba tras más de un siglo de romance, penuria, ambiente lóbrego y final feliz, empero. Quién hubiera dicho que finalmente el jocundo galán se hartaría de amores y pasiones. Cierto era, para qué negarlo, que su historia estaba sazonada con tristeza, muerte, venganza y desatino. ¿Pero qué historia de amor  no es lacerada en ningún momento por dagas tan hirientes como esas? ¿Acaso no son tan viles los celos, la infidelidad, la pobreza o la monotonía? Todo amor debe bregar contra aquellos males que escarchan antiguas pasiones. Ellos lo habían hecho durante más de un siglo,  a base de reimpresiones, nuevas ediciones, y miradas curiosas sobre añejos legajos. Su amor, que tantas y tantas historias habían influenciado y tantos apelativos interpuesto, había sobrevivido a libros olvidados, a historias aburridas y autores de medio pelo, que trataban de ganar notoriedad con poca imaginación, aún menos talento, pero sí una repleta faltriquera, con la que comprar el favor de la crítica y continuas ediciones, que no hacían si no envejecer sobre anaqueles polvorientos. Y todo ello para qué, para un adiós inopinado, cuando ella seguía creyendo que su sino era el de caer rendida en aquella celdilla, salir del convento en sus brazos, jurarse amor eterno sobre el cadáver de su padre, el comendador, morir de pena y regresar de entre los muertos, para llevar a páramos celestiales  a aquel por el que su corazón consiguió latir por algo más que por mera costumbre. El mismo que en aquel instante trataba de mirar hacia otro lado, no fuera a ser que la vergüenza de quebrar, quizás la más virtuosa e imposible de las historias de amor, fuera a vestirle las mejillas con ese velo cárdeno, que distingue el rubor de la gallardía.

—Estamos en el siglo XXI —respondió don Juan, lacónico, como si aquella simpleza contuviera el motivo de su abandono—. Los romances ya no son lo que eran, y por más que se empeñen los lectores en verse reflejados en mí, la verdad es que me he cansado de mi papel —sentenció.

—Debí dejar que el espectro de mi padre te llevara a los infiernos —le espetó con rabia doña Inés, comprendiendo que la decisión de su amado parecía irrevocable—. Mira que oportunidades no me han faltado. Cada vez que alguno de esos lectores, a los que les debemos la vida, pasaba su ceño fruncido por esas páginas finales. En ese momento, en lugar de aparecer desde el más allá, podía haber esperado a que el comendador te llevara, como una parca que reclama como propia la justicia del averno…

—Centellas y Avellaneda, no lo hubieran permitido —le interrumpió don Juan.

—¡Valientes gusarapos te buscas como escuderos! —bramó doña Inés, cerrando el puño— Al menos dime que no quieres romper nuestro amor por otra doncella, que no has conocido a una mujer que te ofrezca más que yo, o te lo brinde más fácilmente.

Las mejillas de don Juan cambiaron su habitual palidez, que le confería un aspecto ligeramente enteco, por un tono rosado, que subía su graduación a medida que el acero que revestía la mirada de doña Inés le atravesaba la entereza, qué no la determinación.

—Espero que no sea por esa tal Beatrice, que fue capaz de volver loco a Dante. Mucho tiempo de exilio tuviste tú por Italia. ¡Maldito lugar! Pero qué me podía esperar de un país con forma de bota, que no fuera una patada.

—Nunca he mirado a los ojos de Beatrice.

—Quizá Blancaflor, la amada de Perceval —añadió—. Ginebra, Carmesina, Sigrid…—enumeró con la cabeza erguida, en una pose chulesca, tan impostada que resultaba ridícula—Que no sea doña Ana de Pantoja, que bastante hemos tenido en esa casa de Dios —concluyó.

Don Juan se levantó, se acercó hasta la que no hacía demasiadas páginas, hubiera denominado como su amada y la abrazó por detrás. Ella se dejó hacer, pero de un modo más triste que meloso, pues sabía que no existe abrigo más gélido que el que precede a una despedida. Y aquella, sin lugar a dudas, lo era.

—No te faltarán pretendientes —arguyó el lozano noble.

—Pocas ganas me quedan de alcanzar nuevos labios, después de años anhelando un beso de los tuyos.

Don Juan retiró con suavidad la melena azabache de doña Inés, posándole un suave beso en la curva de su cuello, sobre la que se columpiaba un lóbulo, pequeño y redondo, como una uva de pulpejo prieto, que espera ser separada del racimo para crujir entre los dientes. La novicia se estremeció al contacto de los labios, giró deprisa la cabeza, con la súplica convertida en ceniza, dispuesta a un último intento; pero su amado ya no se encontraba ahí. Quién sabe hacia dónde había huido, dando un giro inesperado a una de las historias más reconocidas de la narrativa española. Doña Inés se sentó sobre el taburete de su celdilla del convento, agarró un rosario y comenzó a pasar las cuentas bisbiseando jaculatorias. A saber cuánto tenía que esperar en aquel lugar, una vez la historia había cambiado.

 

Más allá del libro, por un anaquel de vetustas publicaciones, don Juan corrió hasta alcanzar un viejo volumen con la cubierta de cuero y las cuartillas apergaminadas. Se coló entre las páginas, alzando levemente la portada, con el título de la obra grabado en letras doradas y se introdujo con la habilidad del amante que saber visitar sábanas ajenas.

 

Acostumbrado a las paginas umbrías y los escenarios húmedos de Zorrilla, aquella explosión de color fuego y paisaje interminable, arrancó una sonrisa de sus avezados labios. No muy lejos de allí, a pie de un camino polvoriento, erguido orgulloso sobre su desastrado corcel, Alonso Quijano le miraba con los ojos entornados. El de la triste figura, quizá un poco menos triste, alzó la mano y don Juan, solícito, corrió hacia él. Asió su mano para tomar montura sobre el enclenque Rocinante, y ambos se besaron como sólo pueden besarse dos enamorados.

—¿Cómo se tomó doña Inés la despedida? —preguntó Don Quijote, con una sonrisa radiante enmarcada por su bigote de ribete y su perilla encanada.

—Poco importa, amado mío —replicó don Juan, aferrándose con fuerza al yelmo del manchego—. Ya son demasiados años encerrado en ese libro. Ardía en deseos de amar a quien realmente me merece y merezco.

—Qué me vas a contar a mí —replicó el hidalgo.

—¿Y Dulcinea, se enojó por este brusco cambio en el insigne libro del manco?

Don Quijote se encogió de hombros y espoleó a su rocín, que comenzó a trotar con más desgana que brío, por la estepa de Campo de Criptana.

—Para mí que siempre se lo olió —contestó al rato—. No así mi fiel Sancho, que resultó ser más fiel que lo que yo pensaba. Pero bueno…los tiempos cambian.

Don Juan Tenorio se abrazó a Don Quijote con dulzura, recostando su cabeza sobre el lamido hombro del cervantino personaje.

—No te preocupes, amado mío, que vuestra lanza no se encontrará mejor escudero, que quien cabalga ahora mismo a vuestra espalda.

Don Quijote ahogó una carcajada mientras impulsaba a su montura, agitando las riendas al aire. Don Juan, por su parte, sonreía como una hiena satisfecha, tras un festín de carroña fresca. Su apuesta con don Luis de Mejía, acababa de alcanzar cotas metaliterarias.