LA MANSIÓN DE MARI LUZ. Mercedes Bregel Serna.

 

Mari Luz está triste. No me extraña, por encima de la lluvia unos nubarrones impiden que el sol la ilumine y caliente. Ella necesita calor, mucho. Necesita los brazos de aquel que no la espera, de aquel que se evaporó en el último vuelo, hacia no se sabe dónde.

Le gusta mucho crear.  Borda unas mariquitas en una larga tela de algodón, que servirá como cortinas en su recién estrenada mansión.

  • No es una mansión, Mari Luz, es un piso viejo de sesenta metros cuadrados en una pequeña transversal  -le digo,  pero a ella le gusta poner grandes palabras a todo y a todos, porque ella es así, grande.

A veces le cuesta respirar. Sonríe y pregunta si sé de un profesional que trabaje el aire. Yo le comento que sólo conozco a especialistas de aire acondicionado, pero ninguno que llene el vacío del alma.   Suspira y sigue bordando  mariquitas  mientras espera.

Hoy he visto las cortinas terminadas. Son preciosas. Sólo ella ha sabido plasmar la alegría en unos bichos bordados e inertes.

Suspira de vez en cuando. Mira el teléfono y vuelve a suspirar. Le toco con sutileza la mejilla, y ella coge mis manos, ásperas y trabajadas, y las ensalza, convirtiéndolas en manos de pianista.

Comienza a trenzar una alfombra, “de Oriente”, dice. Corta trocitos de lana, todos iguales, y, con ternura, los introduce en los huecos del cañamazo. Pienso que es una labor de chinos, y que sería mejor comprarla hecha, pero me callo porque no le quiero quitar esa ilusión por la creación, y dejo que siga creando.    Le viene bien entretenerse. Sale poco, y esta situación lleva a comentarios entre su círculo de amigos. Alguno se ha atrevido a decir que está tocada desde que el palomo voló.

  • No, no está tocada, simplemente anda perdida y sueña –les aclaro con enfado.

Voy a su “pequeña mansión” a menudo. No sé el porqué, pero la echo de menos. Nuestras conversaciones son entretenidas e  interesantes, excepto cuando me habla de amor.  No nombra a nadie, aunque yo sé a quién van dirigidas sus palabras. Cuando eso ocurre, se me ensombrece el alma.

  • Mari Luz, cielo, no esperes mucho, puede ser que no vuelva –lo minimizo con voz dulce, aunque sé seguro en mi interior que no volverá.

Entonces, ella paraliza su labor con cara de incomprensión, me toma el rostro y me besa repetidamente en la frente, por lo que  yo me siento mezquino. Siento que mi parecer es una equivocación y ella lleva las riendas de la situación con seguridad y paciencia.

Hoy veo la alfombra terminada y colocada. Cubre medio salón y se ve grandiosa, en tonos rosa fucsia y azul cielo. Ha comenzado un edredón, uno “más bonito que el de una reina”, dice. Es muy alegre, de frescas margaritas, que parecen recién cortadas.

Vuelvo a los pocos días y me sorprende con una cama cubierta de primavera. Ha quedado maravilloso y suaviza el áspero invierno.

Hace tiempo que no veo a mi amiga. Los días pasan deprisa. Me llama y me pide que la visite. Toco el timbre y me abre una Mari Luz radiante. Su brillante cabello castaño se halla recogido en un sencillo moño, y un vestido verde hierba cubre su esbelto cuerpo. “¿Cómo no me había dado cuenta antes de lo hermosa que es?”, me digo a mí mismo, extrañado por la pregunta, y siento cómo un relámpago recorre de arriba abajo mi cuerpo. Me franquea la puerta y entro, vislumbrando con asombro el resultado de todos sus esfuerzos. La vivienda está vestida entera. Ha bordado, ha cosido y ha trenzado hasta el más mínimo detalle, convirtiendo esa vieja casa en una “gran mansión”. Una creación en mayúsculas.

Percibo con estupor que la mesa del salón está vestida con un mantel de puntillas de color beige,  dos cubiertos y coronada con dos porta-velas.

  • Hace mucho que no nos vemos. ¿Alguna noticia que contarme? –le pregunto.

Me confirma varias veces que sí con movimientos de cabeza. Le insisto que me lo cuente, a lo que sólo responde que “hoy es un día especial”. Me intriga, hay que sacarle las palabras con saca corchos.

  • Pero ¿qué ocurre? Dime algo. Tú me quieres matar de suspense –y entonces me susurra que “hoy es la víspera de todo”, con lo que me quedo peor que antes, sin comprender nada de nada.

Suena el timbre de la puerta, y a mí se me pone el corazón a cien por hora, porque creo que sé quién es. Ella tenía razón, el pájaro que voló ha vuelto. Abre la puerta y allí está… están dos jóvenes de uniforme de un restaurante, pues traen una bandeja tapada y una cubitera con champán. Lo dejan sobre la mesa del salón y se marchan, después de recibir una suculenta propina. Mientras, yo sigo en el mismo lugar, paralizado y sin poder contener a  mi corazón, que sigue desbocado.

Ella se acerca hasta pegar su cuerpo con el mío. Inesperadamente, me besa en la boca con un beso suave pero largo, provocando en mí un sinfín de mariposas, que revolotean a sus anchas dentro de mi estómago. Despega sus tiernos labios de los míos y, sin decir nada, apoya su cabeza en mi pecho. Nunca le he dicho que la amo, pero se ve que lo ha adivinado antes que yo. La abrazo fuertemente, inundado por una felicidad indescriptible, y me dejo llevar.