LA LIBRETA CARMESÍ. Beatriz Lastra Sedano.

Nunca le puso la mano encima. Nunca le había pegado. Nunca hasta ese día. Nunca hasta ese fatídico día. Nunca. Fue en octubre, en mi décimo cumpleaños.

 

La lectura siempre me ha ayudado a evadirme de mis problemas, mientras que la escritura me abre en canal, deja que salgan todos mis sentimientos y pueda expresarme como mi dicción no me permite. No soy profesional, ni mucho menos, pero intento plasmar mi día a día en un pequeño cuaderno de tapas rojas al que llamo Bihotza. No es un diario, es mucho más. Es un reflejo de mi mirada. Es un balcón a mis entrañas. Es mi corazón con letras grabadas.

Esta afición comenzó cuando tenía seis años. Acababa de aprender a escribir y mi madre me quiso hacer el mejor regalo que nunca pude tener. Una pequeña libreta roja con espiral negra. Su olor a nuevo. Sus hojas claras. Sus renglones rectos. Me cautivaban.

En la tapa principal, mamá había escrito con letras sombreadas la palabra Bihotza. La leí una y otra vez pero no entendía su significado, así que se lo pregunté. Corazón. Significaba corazón en euskera. Mi madre me dijo que todas las noches, antes de irnos a dormir, escribiríamos juntas tres palabras que resumieran mi día. Era fascinante. Sintetizar ochenta y seis mil cuatrocientos segundos en tres palabras. Todo un reto.

Según pasaban las horas y los acontecimientos de mi vida iban surgiendo, en mi mente se iba creando una base de datos con palabras para más tarde plasmar en mi Bihotza. Era emocionante. Mis primeras tres palabras fueron: mamá, colegio y libreta. En ese momento no lo sabía, pero después me fui dando cuenta de que ahí estaban tres de mis pilares presentes y futuros. Tras estos tres vocablos vinieron muchos más. Algunos referentes a sentimientos, otros hacían referencia a lugares, a personas, a objetos,… cada día eran distintos. Mamá me decía que tenía que intentar no repetir palabras pues cada día era especial y diferente a los demás.

Así fueron pasando los años. Yo era feliz. Como cualquier cría de casi nueve años jugaba, tenía sueños, aprendía, lloraba. Era hija única, por lo que el amor de mis padres se concentraba en mi pequeño frasco. Desde la perspectiva de una niña no me podía quejar. Era invisible a todos los problemas. Para mí no existían.

Un gran baño de realidad me inundó cuando una noche, mientras mis padres no se percataron de mi presencia, pues estaba tras el marco de la puerta del salón, discutían acaloradamente. Entendía poco de lo que decían. Mi padre repetía constantemente cuatro palabras entre frases encadenadas: gastos, ERE, fábrica, despidos. Una y otra vez. Mi padre subía cada vez más el volumen. Más y más. Cada vez que tomaba un trago a una bebida color canela, su voz se exasperaba a límites incontrolables. Llegaba a gritar. Mi madre, con lágrimas en los ojos, intentaba calmarlo, haciéndole ver que tiempos mejores podían llegar. Intentaba con todas sus fuerzas que no gritara y se relajara. Pero el punto de inflexión llegó cuando ella, tratando de calmarlo, le dijo “con lo que yo gano podemos ir tirando”. La mirada de mi padre se clavó en los ojos verdes vidriosos de mi madre. No dijo nada. No salió una sola palabra de su boca. No hizo falta. Mi madre agachó la cabeza, mostrando vergüenza por lo que acaba de pronunciar. En ese momento yo no entendía nada, pero ahora sé que esa mirada representaba el principio del fin. Representaba un camino lleno de piedras que se irían clavando poco a poco en la planta de los pies de mi madre. Comenzaba una pesadilla de la que nunca despertaría.

Los días siguieron pasando y mi libreta roja se iba llenando de palabras. No hubo una sola noche en la que mi madre no se acercara a mi cama y me viera escribir mis tres eslabones con el día vivido. Pero ella ya no era la misma. Su mirada perdida me lo denotaba. Sus ojos cubiertos por una niebla formada por lágrimas, que no podían salir pues tenía que mostrar fortaleza ante su pequeña, me lo demostraban. Su nudo en la garganta, que hacía que parara su discurso mientras hablábamos, me lo expresaba. Sus manos temblorosas que acariciaban mi pelo, me lo evidenciaban.

Tras mi noveno cumpleaños, mi madre tuvo una gran idea. A partir de ahora, no solo escribiría tres palabras resumiendo mi día, sino que les tendría que dar forma explicando la razón por la que las había elegido, por lo que eran importantes para mí. Esa idea me pareció estupenda. Eso suponía pasar más tiempo con mi madre al final de la jornada. Cada vez la veía menos pues trabajaba más horas limpiando portales vecinos. Mi rostro irradiaba felicidad. El de mi madre también, aunque la tela traslúcida que lo cubría me decía que por detrás de lo que yo veía, había algo más. Gotas de tristeza y cansancio que  la estaban mermando.

Desde la conversación robada a mis padres tras el marco de la puerta, a mi padre prácticamente no lo veía. Solo lo oía en el momento en el que llegaba a casa cuando la oscuridad de mi cuarto me envolvía. Muchas veces mi madre le abría la puerta pues no atinaba a abrirla desde fuera. Siempre venía enfadado y con una euforia negativa que desconocía en él. Mi madre le pedía constantemente que bajara el tono, que yo estaba dormida. Él no le hacía caso y más gritaba. Daba portazos al armario de la cocina donde mi madre guardaba las botellas. Un día llegué a oír cómo una de esas botellas se rompía en el suelo del pasillo y los alaridos de mi padre me encogieron. Me estremecieron. Me dieron miedo. Me cubrí con la manta, tapé mis orejas e intenté no imaginar la escena que mi madre estaba viviendo unos metros más allá de mi cama. El terror cerró mis oídos. No fui capaz de saber que mi padre estaba a mi vera hasta pasados unos segundos de su presencia. Me destapó quitándome la manta de mi cabeza. Me miró a los ojos. No quería verle. Sus ojos estaban proyectados en sangre. Su cara estaba enrojecida. Su aliento era fuerte, como aquella bebida que solía tomar cada madrugada. Tuve pavor. No supe qué hacer. Mi madre entró en la habitación y le pidió a mi padre que saliera de allí, que yo no tenía culpa de nada. En ese momento, mi padre se giró bruscamente a ella y le dijo: “la culpa de todo la tienes tú. No haces más que meterle fantasías en su cabeza.” Cogió mi libreta carmesí y la destrozó. Rompió cada una de sus hojas. Con rabia. Sin miramientos. Me quedé petrificada. Mi Bihotza estaba destrozado. Sus pedacitos cubrían mi cama como si fuera mi propia aura. No podía reaccionar. No me podía mover. Todas mis ilusiones y mi conexión con mamá no eran más que pequeños trocitos de papel dispersos sin ningún tipo de orden. La nube que se formó en mis ojos mientras mis padres salían de la habitación cambió de estado. De gas a líquido. Las lágrimas brotaron con un dolor que presionaba en mi corazón. Me volví a tapar con la manta. Cubrí todo mi cuerpo. Y me dormí. Al día siguiente era mi cumpleaños. Un día para recordar. Un día especial. Especial, que no ideal.

Como cada mañana me levanté para ir al colegio. Me desperté pensando que lo ocurrido la noche anterior había sido solo una pesadilla. Pero no lo fue. Lamentablemente, no lo fue. Nada más levantarme fui a la cocina. Allí estaba mi madre, con una sonrisa forzada que desprendía más miedo que felicidad. Estábamos solas. Lo sé. Lo sentía en el ambiente. Mi madre me dio un fuerte beso y un entrañable abrazo felicitándome por mi cumpleaños. Me dijo que no había podido comprarme nada pero me dio mi Bihotza. Estaba reconstruida. Había estado toda la noche pegando sus hojas, haciendo que cuadraran para que yo por la mañana pudiera volver a verla y por la noche pudiera volver a rellenarla. Era el mejor regalo que me podía haber hecho. Era poder caminar de nuevo un camino ya conocido del que nunca me tenía de desviar. Lo guardé en mi mochila para poder continuar por la noche.

Me fui al colegio muy contenta. Parecía que la pesadilla había desaparecido. Los monstruos que robaban sonrisas se habían fugado. Todo empezaba a cuadrar. Todo hasta la clase de después del recreo. Mientas estábamos con mi tutora aprendiendo el ciclo del agua, la directora del colegio le pidió que saliera al pasillo pues tenía que comunicarle algo. Cuando entró, sus ojos buscaron los míos. Durante milésimas de segundo una información incompleta llegó a mi cerebro. Algo pasaba. Algo había pasado.

Hasta ahí es todo lo que recuerdo de ese día. Después solo imágenes sueltas e inconexas. Mi tía viniendo a buscarme al colegio. Miradas de desaliento hacia mí. Tristeza brotando de cada corazón que se me acercaba. No entendía nada. No era capaz de organizar mis ideas y formar una situación completa. No podía hasta que por la noche, mi tía me dijo “mamá se ha ido y no volverá jamás”. La última palabra revotaba en mi cabeza: jamás. Jamás. Jamás. Quería llorar. Quería gritar. Quería patalear. Quería ahogar toda mi furia en lo primero que pasara por mi camino. La rabia me agotó e hizo que me durmiera. Era la primera vez en años que mi Bihotza quedaba sin rellenar. Hoy nadie escribió nada. Hoy sus líneas se quedaron tan vacías como mi propio corazón.

No retomé la escritura de mi libreta carmesí hasta pasadas unas semanas. No había tenido fuerzas. Aunque mi tía intentaba hacer que todo volviera a la normalidad, eso era imposible. Mi madre no iba a volver jamás y ahora sabía que mi padre estaba encarcelado. Eran dos temas de los que nadie hablaba en mi presencia. Eran dos temas tabú.

Tenía la libreta entre mis manos. Había estado hecha añicos pero ahora cubierta de cicatrices me saludaba de nuevo. La miré con ternura. Era un vínculo con mi madre. El último que me quedaba. Pasé una a una las hojas que ella había estado frunciendo con esmero la noche antes de ser asesinada. La angustia llenaba mi cuerpo, no quería explotar. Quería ser fuerte y seguir con la rutina que tanto me había ayudado durante años y que tanto me había unido a mi madre. Pero no podía. Un ataque de rabia hizo que lanzara con fuerza la libreta hacia la ventana. Había explotado y con ella toda mi ira e incomprensión acumuladas durante días, semanas. Al acercarme a la libreta vi que se había quedado abierta por la última hoja. En ella pude ver la letra de mamá. Nunca me había percatado en esa nota. Antes no estaba. Al leerla me paralicé. La sangre de mi cuerpo se heló. La nota rezaba:

Querida Sofía, si estás leyendo este fragmento es porque has acabado tu libreta roja, porque has continuado escribiendo aunque yo no estuviera a tu lado. Eso me enorgullece. Hace que vea el ángel que llevas dentro y al que siempre acompañaré. Quiero confesarte que yo también he tenido mi propia libreta donde cuento lo que he vivido. Quiero que la leas. Nadie mejor que tú para entenderme y no juzgarme. Búscala en mi mesita de noche, en un doble fondo.

Nunca te olvides de mí, mi niña. Estaré siempre protegiéndote.

Mamá.

 

De esto hace más de veinte años. Soy asistenta social e intento erradicar la violencia de género dando charlas en colegios tanto a niños y a adolescentes, como a profesores. Este tipo de violencia sigue siendo una lacra para nuestra sociedad y es necesario que desde pequeños, tanto niños como niñas, dejen de normalizar y aceptar situaciones que rompen completamente las normas de la justicia. Lo que mi madre cuenta en su Bihotza nada tiene que ver con agresiones físicas, pero lo que ella sufrió a diario mediante vejaciones, menosprecios, insultos,… hicieron que cada día se sintiera más y más pequeña. Llegó a anularla hasta que un día, el día de mi décimo cumpleaños, la mató.