Sumergirse en la lectura de LA TIERRA DE LOS ABETOS PUNTIAGUDOS, (Dos Bigotes) es sumergirse en la sencillez de un verano cálido en tierras costeras sembradas de abetos, arbustos y hierbas silvestres. Una escritora se retira a estos parajes durante los meses cálidos, conviviendo con la peculiar señora Todd, entendida en infusiones medicinales y plantas curativas que se dedica a recoger aquí y allá. La protagonista se encuentra, sin querer, participando de la vida común de los que habitan el pequeño pueblo y las islas de alrededor. Nada se sale de lo cotidiano en lo que nos cuenta. Las gentes sencillas, sus vidas sencillas, sus anhelos y preocupaciones, no tan diferentes de los que viven  lejos de allí, en las ajetreadas ciudades. El clima, la naturaleza, las conversaciones y el contacto cercano con las gentes del lugar, la paz y el encanto que la narradora encuentra en ese apartado y tranquilo lugar de la costa, se transmite al lector que, con el libro entre las manos, consigue apartarse también del ruido cotidiano y refugiarse en un ambiente de sosiego tan placentero que hasta los gestos de su rostro se dulcifican, sin darse cuenta,  durante la lectura.

Uno acaba el libro y se siente contagiado por la misma pesadumbre de la protagonista, cuando, al abandonar el pueblo los últimos días del verano dice: “Puede que haya otras limitaciones en un verano así, pero la tranquilidad de una vida sencilla es suficiente encanto para compensar lo que le pueda faltar, y las recompensas de la paz no pueden valorarlas quienes viven en el fragor de la batalla”.

Una muy grata y relajante lectura, perfecta para compensar las tensiones diarias.

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